14/06/2010

Delirio cotidiano # 83

Cierro los ojos. Un puño llega hasta mí rostro con temeraria velocidad y se abre expulsando un polvo estelar que desvanece formando secuencias y escenas:
Yo sobre el riel de un puente, lo sostengo, lo abrazo, es frío. Dostoyievski a orillas del Petesburgo burlándose del burgués de Tolstoi. Ana Karenina con su alma desnuda lanzándose a las vías del tren. Un Bukowsky tirado, borracho, amargado y desahuciado abrazando a un perro sangriento. Un Guilmour tocando la guitarra ante la sombra de un de Syd que se ensaña a jugar a la granja. Mi madre, mi madre al salir de una cantina mientras hunde su mano en la bragueta de algún obrero. Mi abuela con el canasto de comida buscándome entre las calles de Ucareo. Daniela mientras saca sus cosas del ropero. Los gritos de placer de quien me hizo perder la dignidad. Los ojos redondos, vacios o llenos, claros o oscuros de Iván Delgado al decirle que partía. Los cinco chinapos que nunca más serán. Mi rostro en el espejo, mi rostro sin el espejo, mi alma entre el tallo de una rosa que no logra comprenderme. Mi padre hablándome sobre lo arrogante que soy. Abro los ojos, respiro profundo, los cierro de nuevo. El único y necesario retrato de Garshin mientras escribe la rosa escarlata. La cantera. La sola y melancólica plaza de las rosas un 25 de diciembre. La vergüenza. La esperanza de escribir una novela perfecta. El sociópata. La muerte de Nick Drake. La polaca y sus movimientos. La anciana con reboso rojo y suéter naranja caminando entre un tormenta de nieve, la vejez no es para pasarla solo. Miles Davis tocando en Suiza. Gogol paseando en Ucrania. Miller partiendo a Paris. Borges y el otro. Kafka y el circo de Oklahoma. El silencio que llena esta oscuridad. Y la esperanza de poder dormir.