15/06/2010

Delirio cotidiano #33

He logrado exiliarme en este mundo abstracto que observo sólo yo. Nadie más tiene acceso, porque sólo yo existo en él. Porque sólo yo importo. El otro está lejano, a mí alcance, pero distante, y lo puedo tocar, lo observo y reacciono ante cualquiera de sus movimientos. Los siento y permito que se dejen sentir, y luego los olvido. Los traigo aquí, los cargo, los amamanto con mi sabiduría. Los encarcelo, pero tarde o temprano los dejo libres, abandonándolos a todos.
Al irme los olvidaré de inmediato. Y si acaso algo me mantiene atado, será durante el proceso de la transición, nada más. Sólo recovecos y recuerdos que, muy de repente, aparentan importar, pero en esencia, no importan en lo absoluto. El comienzo siempre es difícil pero la estabilidad aburre, prefiero la destrucción o la creación, pero nunca, nunca me es más interesante el proyecto terminado que la previsión de la obra. El pensar en hacerlo es mucho más necesario que el saberlo hecho. Y no es un delirio cualquiera, así es todo lo que soy.
El ser ajeno a este mundo no me deja traspasar la barrera que me separa del otro. Estoy ausente en cualquier evento y en cualquier conversación. No me permito estar al corriente de nada. Y no es que algo me lo impida, sencillamente no se me da, y punto.
Aquí sólo juego a esperar esa luz que se esconde anunciando mi muerte. Esa luz que he visto y que he dejado ir por jugar un rato a la felicidad. Algún día llegará y me arrebatará la cerveza, tangándose hasta la última gota de mi sangre. Aquí no hay nada más que hacer. Y las mañanas duelen demasiado.